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Todas las adicciones
nacen de un vacío interno,
y casi nunca empiezan en la sustancia,
empiezan en la infancia.
Porque la adicción no es el problema,
es la solución que el cuerpo y la mente encuentran para sobrevivir
a un dolor que no pudo ser sentido,
nombrado ni sostenido.
Porque hay un niño no visto ni escuchado
ni validado emocionalmente,
y va a aprender muy pronto a anestesiarse.
Y no porque quiera destruirse,
sino porque necesita regular un sistema nervioso
desbordado.
Alcohol,
comida,
drogas,
sexo,
trabajo, pantallas,
relaciones tóxicas,
todas cumplen la misma función,
llenar un vacío afectivo,
calmar la angustia,
silenciar la soledad.
Porque el cuerpo recuerda lo que la mente olvidó,
y cuando no hubo un vínculo seguro, la adicción se convierte en vínculo.
Por eso, tratar una adicción sin mirar la historia emocional
es volver a abandonar al niño que fuiste.
No se sana quitando la sustancia,
se sana entrando en el dolor que la sustancia tapó.
Y la pregunta no es,
¿por qué no puedes dejarla?
La pregunta es,
¿qué herida te obligó a necesitarla?


